viernes, 14 de septiembre de 2012

CAPÍTULO 3. EL ESTALLIDO



Un testigo inoportuno

Mientras Héctor Medina conversaba con el historiador creyéndose protegido por los gruesos muros de la vieja bodega colonial, su sobrino Jaime escuchaba en el cuarto de vigilancia con sonrisa maliciosa.

El firme don Héctor sabía que el guardián de la bodega no se atrevería a escuchar su diálogo; pero no contaba con que su sobrino espiaba sus actividades desde antes de la repartición de la herencia, hasta que sospechó, con bases, que ocurría algo muy especial.

En el cuarto de vigilancia, viendo a su tío y al historiador por la cámara, sentados y pasando con muchísimo cuidado las páginas del códice, Jaime elevó el volumen de sus bocinas, experimentando una sensación de triunfo.

Con amenazas y frialdad había hecho salir al vigilante. Ahora, esto de espiar, de invadir el espacio de otros, provocaba en Jaime un goce especial ya conocido. Un placer algo infantil, emoción, mezcla de saberse haciendo algo indebido y de correr el riesgo de ser descubierto. Así era cuando de niño oía hablar de negocios en la fábrica de su difunto padre –que lo dejara muy mal parado con la herencia-, o escuchaba discutir a sus tíos en una habitación, colocando un vaso entre sus orejas indiscretas y la pared. Hoy, se acompañaba de una sensación de venganza.

Rodeado de las computadoras, las pantallas, los teléfonos, los micrófonos, los controles y la media luz, esa emoción crecía y Jaime se sentía un espía de película. Escondido, pero al tanto de todo, enterándose del gran secreto, se burlaba de ese tío que había heredado la Gerencia General, puesto le correspondía a él, el hijo del dueño del gran emporio yucateco.  

El tío le había robado su herencia legítima. Y ahora ese tipo ponía en marcha otro gran  proyecto, para poner otra corona de laurel a su soberbio  retrato familiar. Ah, pero esta vez no será así, querido tío, pensaba Jaime, anticipando la venganza.

Dejaría actuar a su tío; hablar y hacer, creyendo que tenía el control; en el momento adecuado lo detendría, pues lo mejor de esta venganza armada conforme oía, era que, además de destruir sus expectativas, ese códice valdría muchísimo dinero, más que las propiedades de la familia en su conjunto, y el Gran Don Héctor Medina no sería quien lo cobrara.

Jaime se colocó audífonos para escuchar mejor y evitar ser espiado a su vez por el guardián que estaba afuera. El león cree que todos son de su condición.

Tras las pistas de la verdad

En Chichén Itzá, en el marco de sus imponentes pirámides, relativamente al amparo de curiosos y turistas, el Secretario de Salud del Estado habló con la sanadora, acompañado por el intérprete y con discretos guardaespaldas rondando a unos metros.

El Secretario no sabía por qué lo hacía. Eso de oír a una curandera era muy poco serio. Quizás lo hacía para obtener cualquier información, la que fuera, que pudiera parar lo que se fraguaba a partir de esa reducida zona.

La sanadora era una mujer entrada en años, de voz mesurada y que evitaba hablar en español. Con la mediación del intérprete, el Secretario escuchó las respuestas de esa mujer de rasgos poco expresivos, pero inyectados con un aire de misterio.

-Sí, ella curó al señor que vino de la clínica estatal –decía el traductor conforme oía a la anciana-. Sí, ella curó a uno que se enfermó de lo que está atacando a otra gente ahora. Sí, ella lo curó con medicina antigua, la medicina natural. No, ella no utiliza la medicina del huacho (extranjero).No, no le puede decir a usted cuáles son los remedios hasta que pregunte a los ancianos si deben intervenir en la vida del huacho. Sí, ella le da su palabra de que volverá mañana aquí, a la misma hora. Ella dice que si
quiere ver al señor que ella curó, se puede ir a un poblado cercano.

-¿Cuál es? –preguntó el Secretario, recriminándose nunca haber aprendido maya.

-Chikundzenot –repitió el intérprete al oír a la mujer–. El hombre que curó se apellida Olivares de l y ahora convalece en Chikundzenot.

El Secretario conocía el lugar y en camioneta fueron allá seguidos por el vehículo de los guardaespaldas, levantando polvo del camino. Cerca de Valladolid estaba la población de Chikundzenot, donde funcionaba una clínica de sanadores mayas.

Silencioso, el Secretario cavilaba afanosamente. Era un hombre de amplio criterio pero algunos puntos no eran aceptados por su mente. A su favor hay que decir que lo motivaba el no cerrarse a la posibilidad de que todo aquello no fuera un cuento. ¿En verdad aquella mujer había curado a alguien de esta nueva enfermedad? ¿Sin ningún procedimiento de diagnóstico y tratamiento modernos?

¿Podía ser esto posible? No era que dudara de la integridad de sanadores como la anciana. El Secretario nunca había conocido a un sanador maya que mintiera. Pero una cosa podía ser lo que ellos supusieran de su arte y otra, la realidad en ciertos casos; sin embargo, de ser verdad, los sanadores mayas –que curaban algunas enfermedades- representarían una ayuda invaluable en los días por venir, tan cercanos como los de esta misma semana.

Sanadores o no, la verdad que daría al público en el noticiario nocturno: eran casi 100 casos de esta rara enfermedad infecciosa; los reportes de diseminación de la enfermedad en el mapa de Yucatán aparecían como multitud de puntos rojos que se tocaban y tendían a unirse, anunciando que antes del fin de semana se declararía un estado de alerta sanitaria en el Estado.

Si los sanadores mayas tenían la solución, y la compartían –muchos no confiaban, y con razón, en lo que representaba la civilización moderna–, el Secretario no dudaría en pedir su apoyo, armar brigadas, entrenar a enfermeras, residentes y médicos, en los conocimientos y medicinas mayas y lanzarlos por el Estado, casa por casa. Pero ya. Vámonos.

Chikundzenot se mostró como una hilera de construcciones de deslumbrante blanco, después de una vuelta del camino. ¿Qué hallarían ahí?

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